En la Solemnidad de la Ascensión, escuchamos el Ofertorio Viri Galilei.
Viri Galilaei, quid admiramini aspicientes in caelum? Hic Iesus qui assumptus est a vobis in caelum, sic veniet. Quemadmodum vidistis eum ascendentem in caelum.
Galileos, ¿de qué os admiráis? Este mismo Jesús que os ha sido llevado al cielo, volverá, del mismo modo que lo veis ascender al cielo.
En el canto gregoriano se llama centón a una melodía ya existente, que se aplica a un determinado texto, con lo cual se obtiene una nueva pieza. Es un recurso muy utilizado a lo largo de los siglos. Un buen ejemplo es la antífona Aleluya que hoy presentamos. La melodía de la antífona es sobradamente conocida, pero se aplica a un texto que solo dice nueve veces Aleluya. Se trata de una alabanza trinitaria, basada en el triple simbolismo del número tres, con la viveza propia del octavo modo gregoriano.
Después de la antífona, escuchamos el canto del Nunc dimittis (Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz), del Oficio de Completas, con la antífona Salva nos, Domine (Sálvanos, Señor). Los interpretes son los mismos que nos han deseado estos días el Pax Vobis a todos los orantes de este Oratorio Monástico.
El Evangelio nos lleva hoy a lamentarnos, con Jesús, de la suerte de Jerusalén. Por eso, escuchamos la primera de las lamentaciones que se cantan en la liturgia del Viernes Santo, en la versión mozárabe de los monjes de Silos.
De lamentatióne Ieremíæ prophétæ. HETH. Cogitávit Dóminus dissipáre murum fíliæ Sion: teténdit funículum suum, et non avértit manum suam a perditióne: luxítque antemurále, et murus páriter dissipátus est. TETH. Defíxæ sunt in terra portæ eius: pérdidit, et contrívit vectes eius: regem eius et príncipes eius in géntibus: non est lex, et prophétæ eius non invenérunt visiónem a Dómino. IOD. Sedérunt in terra, conticuérunt, senes fíliæ Sion: conspersérunt cínere cápita sua, accíncti sunt cilíciis, abiecérunt in terram cápita sua vírgines Ierúsalem. CAPH. Defecérunt præ lácrimis óculi mei, conturbáta sunt víscera mea: effúsum est in terra iecur meum super contritióne fíliæ pópuli mei, cum defíceret párvulus et lactens in platéis óppidi. Ierúsalem, Ierúsalem, convértere ad Dóminum Deum tuum.
Lamentaciones del Profeta Jeremias Heth. El Señor determinó arrasar las murallas de Sión: tendió la plomada y no retiró la mano que derribaba; muros y baluartes se lamentaban al desmoronarse juntos. Teth. Derribó por tierra las puertas, rompió los cerrojos. Rey y príncipes estaban entre los gentiles. No había ley. Y los profetas ya no recibían visiones del Señor. Yod. Los ancianos de Sión se sientan en el suelo silenciosos, se echan polvo en la cabeza y se visten de sayal; las doncellas de Jerusalén humillan hasta el polvo la cabeza. Caph. Se consumen en lágrimas mis ojos, de amargura mis entrañas; se derrama por tierra mi hiel, por la ruina de la capital de mi pueblo; muchachos y niños desfallecen por las calles de la ciudad. ¡Jerusalén, Jerusalén, conviértete al Señor, tu Dios!
La liturgia del Jueves Santo tiene como punto central la Celebración de la Cena del Señor, en el que la Iglesia hace memorial de la Última Cena. En esta celebración se acumulan muchos contenidos teológicos. Ante todo, recibimos al Señor, que se entregó por todos nosotros y se nos dio como alimento para nuestra Pascua hacia el Reino de los Cielos. Por otra parte, hacemos el memorial de la institución de los sacramentos de la Eucaristía y del Orden. La celebración eucarística se abre con una obra maestra del cantro gregoriano: el introito Nos autem, nosotros tenemos que gloriarnos en la Cruz de nuestro Señor Jesucristo, un texto tomado del capítulo sexto de la Carta de san Pablo a los Gálatas. Este texto nos indica ya el sentido de la celebración de hoy: la entrega del Señor por todos nosotros; allí está nuestra salvación y nuestra gloria. La versión que escuchamos está interpretada por el coro Capella Gregoriana.
Nos autem gloriári opórtet in Cruce Dómini nostri Jesu Christi: in quo est salus, vita et resurréctio nostra: per quem salváti et liberáti sumus. 1. Deus misereátur nostri, et benedícat nobis: illúminet vultum suum super nos, et misereátur nostri.
Nosotros hemos de gloriarnos en la cruz de nuestro Señor Jesucristo: en él está nuestra salvación, vida y resurrección; él nos ha salvado y libertado. 1. Que Dios se apiade y nos bendiga, que haga brillar su rostro sobre nosotros.
Otro momento álgido de la celebración es el Lavatorio de los Pies, durante el cual se canta otra conmovedora oración: Ubi caritas et amor, un responsorio sobre el amor cristiano inspirado en el texto de la Primera Carta de san Juan . Escuchamos también la versión del coro de monjes de Santo Domingo de Silos.
Ubi cáritas est vera, Deus ibi est. Congregávit nos in unum Christi amor. Exsultémus et in ipso jucundémur. Timeámus et amémus Deum vivum. Et ex corde diligámus nos sincéro. Simul ergo cum in unum congregámur: Ne nos mente dividámur, caveámus. Cessent júrgia malígna, cessent lites. Et in médio nostri sit Christus Deus. Simul quoque cum beátis videámus Gloriánter vultum tuum, Christe Deus: Gáudium, quod est imménsum atque probum. Saécula per infiníta sæculórum. Amen.
Donde hay amor verdadero, allí está Dios. Nos ha reunido el amor de Cristo. Alegrémonos y gocemos en él. Tengamos el santo temor y el amor del Dios vivo. Amémonos sinceramente. Cuando nos reunimos, procuremos no estar divididos interiormente. Guardémonos de la discordia y de las discusiones. Cristo, el Señor, está en medio de nosotros. Que podamos también, todos juntos, contemplar tu rostro en la gloria, Cristo Dios, con un gozo inmenso y eterno. Amén.
La celebración termina con la reserva del Santísimo para la comunión del Viernes Santo, que será adorada especialmente esta noche. En España, una melodía muy asociada a este momento, es un himno compuesto para el Congreso Eucarístico de 1911: Cantemos al Amor de los amores
La liturgia del Miércoles Santo pone ante nuestra consideración la figura de Judas Iscariote y su traición. Durante el Oficio de Tinieblas se canta un responsorio titulado Iudas mercator pessimus, es decir, Judas, el pésimo mercader. El año pasado escuchamos este responsorio en la versión de Tomás Luis de Victoria. Este año, escucharemos la versión original gregoriana, en la interpretación del coro de monjes de San Pedro de Solesmes.
Judas mercator pessimus
osculo petiit Dominum;
ille ut agnus innocens
non negavit Iudae osculum.
Denariorum numero
Christum Iudaeis tradidit.
Melius illi erat, si natus non fuisset.
Denariorum numero
Christum Iudaeis tradidit.
Judas, pésimo mercader, entregó con un beso al Señor; El como un cordero inocente no le negó el beso de Judas. Por un puñado de denarios Cristo fue entregado a los judíos. Más le hubiera valido, si no hubiese nacido. Por un puñado de denarios Cristo fue entregado a los judíos.
La Liturgia del Domingo de Ramos es rica en oraciones de gran belleza y profundidad, que nos ayudan a comprender el misterio de la llegada mesiánica de Jesús a Jerusalén, y de su sorprendente desenlace en el triunfo de la Resurrección a través del escarnio de la Cruz. Ya a comienzos de la Cuaresma, escuchamos uno de estos textos, la antífona Pueri Hebreorum en la versión de Tomás Luis de de Victoria.
Otra obra excepcional es el himno Gloria, laus et honor, que se canta en la procesión de los Ramos. Se trata de un himno compuesto por Teodulfo de Orleans, un hispano escapado de la ruina del reino visigodo en el siglo VIII, que como tantos otros se refugió en el crecientemente poderoso reino de los francos, que desembocará en la restauración de Carlomagno del Imperio. Se trata de un himno de ritmo alegre, que desde entonces ha venido acompañando la procesión de este día. Es una alabanza al Señor que, victorioso, viene a reinar entre nosotros. Sirva esta oración de preparación para la celebración de esta Semana Santa.
Gloria, laus et honor tibi sit, Rex Christe, Redemptor: Cui puerile decus prompsit Hosanna pium. Israel es tu Rex, Davidis et inclyta proles: Nomine qui in Domini, Rex benedicte, venis.
Coetus in excelsis te laudat caelicus omnis, Et mortalis homo, et cuncta creata simul.
Plebs Hebraea tibi cum palmis obvia venit: cum prece, voto, hymnis, adsumus ecce tibi.
Hi tibi passuro solvebant munia laudis: Nos tibi regnanti pangimus ecce melos
Hi placuere tibi, placeat devotio nostra: Rex bone, Rex clemens, cui bona cuncta placent.
Gloria, alabanza y honor te sean dados, Rey Cristo Redentor, a quien el esplendor de los niños aclamó: ¡Salud al piadoso!
Tú eres el Rey de Israel y descendiente ilustre de David, el Rey bendito; Tú vienes en nombre del Señor. Toda la corte celestial te alaba en las alturas y también, en unión de todo lo creado, te alaba el hombre mortal. El pueblo hebreo te sale a recibir con palmas. Nosotros venimos en tu presencia con plegarias, votos e himnos. Aquellos te tributaban alabanzas cuando ibas a padecer; y ahora nosotros te cantamos dulces melodías, a Ti que eres el Rey. Aquellos te agradaron; que también nuestra entrega te agrade: Rey benigno, Rey piadoso, a quien todo lo bueno agrada.
Desde la época del abad Pedro el Venerable, que dispuso la celebración de la Transfiguración con rango litúrgico de solemnidad, se cantó en la Eucaristía el llamado Kyrie I ad libitum, que procede del tropo medieval Clemens Rector. Un tropo es un himno, cuya melodía era posteriormente despojada del texto, y se utilizaba, por ejemplo, para cantar el iubilus (el adorno musical de los aleluyas).
Este Kyrie fue compuesto en algún momento del siglo X. A partir de ese momento, comienza a aparecer en diversos manuscritos, alcanzando una notable difusión que induce a pensar en una cierta popularidad en los siglos XI y XII. Con esta obra queremos hoy invocar al Santísimo Salvador de los hombres, transfigurado ante los apóstoles en la presencia de Elías y Moisés. Para acompañar esta obra, podemos contemplar el tímpano de la Abadía de Moissac, fundada por Pedro el Venerable bajo la advocación del Señor Transfigurado.
El primer Domingo de Cuaresma nos invita a orar con una de las piezas más conmovedoras del repertorio gregoriano: el responsorio Media Vita.La obra alcanzó una inmensa popularidad a lo largo de la Edad Media, una época difícil en la que la vida humana estuvo frecuentemente amenazada por grandes hambrunas, epidemias y conflictos de todo tipo. Ante esta contingencia, la oración dirige su invocación al Dios Santo, al Dios Fuerte, al Dios Inmortal. Este Trisagio, de origen oriental, es asumido en la oración, como invocación del Dios trascendente, que enjuga todo sufrimiento humano dándole esperanza en la Resurrección del Señor. Hemos escogido la versión grabada por los monjes del Monasterio de Santo Domingo de Silos.
Media vita in morte sumus.
Quem quærimus adjutorem
nisi te, Domine?
Qui pro peccatis nostris juste irasceris
Sancte Deus, sancte fortis
Sancte misericors Salvator
Amaræ morti ne tradas nos
In te speraverunt patres nostri
Speraverunt et liberasti eos
Ad te clamaverunt patres nostri
Clamaverunt et non sunt confusi
Gloria Patri, et Filio
et Spiritui Sancto.
En la plenitud de la vida podemos morir ¿a qué salvador vamos a acudir sino es a ti, Señor? Justamente te enojas por nuestras culpas:
Santo Dios, Santo fuerte, Santo y misericordioso Salvador, no nos entregues a una amarga muerte. En ti esperaron nuestros padres; esperaron, y los salvaste. A ti clamaron nuestros Padres; clamaron, y no fueron confundidos. Santo. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
La Misa del Viernes de Ceniza comienza con este Introito, cuyo texto procede del salmo 29, un salmo que canta la victoria del perseguido que invocó en su angustia al Señor. Se trata de un modo séptimo, el modo más brillante y alegre del gregoriano, que expresa adecuadamente los sentimientos de triunfo de Cristo, vencedor de la muerte, precisamente en el viernes, día que recordamos su sagrada pasión. Destaca el adorno con que la partitura destaca la palabra misertus: Dios se compadeció de Jesús, y lo hizo triunfar en la Resurrección. Esta idea, hay que repetirlo, hace de este viernes de cuaresma un día de luto por el fracaso de nuestro héroe, sino un momento de esperanza junto a Cristo para cada uno de nosotros, que también terminaremos venciendo, por su gracia, sobre el poder del pecado y de la muerte.
Audivit Dominus, et misertus est mihi: Dominus factus est adjutor meus. Esaltabo te Domine, quoniam suscepisti me: nec delectasti inimicos meos super me. Gloria Patri,
El Señor me escuchó y me socorrió. El Señor es mi auxilio. Te ensalzaré, Señor, porque me has librado, no has dejado que mis enemigos se rían de mí. Gloria al Padre....
Comenzamos la Cuaresma. Con la imposición de la ceniza significamos nuestra renuncia a lo que es caduco, invocando la misericordia del Altísimo sobre nuestra frágil contingencia. Durante este rito, canta la Iglesia el responsorio Immutemur habitu, tal como lo escuchamos en directo, durante la imposición de la Ceniza papal el año 2012, con el papa Benedicto XVI. El texto del Responsorio procede del profeta Joel (2, 13)
Immutemur habitu, in cinere et cilicio, ieiunemus, et ploremus ante Dominum, quia multum misericors est dimittere peccata nostra Deus noster.
Cambiemos nuestros vestidos por el cilicio y la ceniza, ayunemos e invoquemos llorando al Señor, que es rico en misericordia y perdona nuestros pecados.
El salmo gradual de la misa del Primer Domingo de Adviento Universi, están compuesto en el primer tono, también sobre un versículo del salmo 24, como el Introito. Es una oración destinada a infundir confianza en la esperanza.
Universi qui te exspectant, non confundentur, Domine. Vias tuas, Domine, notas fac mihi: et semitas tuas edoce me.
Los que esperan en ti, Señor, no quedan confundidos. Señor, enséñame tus caminos, muéstrame tus sendas.
El introito gregoriano de la misa de la Inmaculada, Gaudens gaudebo, es una pieza llena de alegría y de movimiento. Expresa la alegría de María, liberada por especial privilegio del Señor del yugo del pecado desde el mismo inicio de su existencia. Escuchamos este introito en la reconocida versión de los monjes de Silos.
Gáudens gaudébo in Dómino, et exsultábit ánima méa in Déo méo: quia índuit me vestiméntis salútis, et induménto justítiae circúmdedit me, quiasi spónsam ornátam monílibus súis Exaltábo te, Dómine, quóniam suscepísti me: nec delectásti inimícos méos super me.
En gran manera me gozaré en el Señor; mi alma se alegrará en mi Dios. Porque él me ha vestido con vestiduras de salvación y me ha cubierto con manto de justicia. Me ha ataviado con una diadema, como a novia que se adorna con sus joyas. Te doy gracias, Señor, porque me has escogido, y nos has permitido que mis enemigos triunfen sobre mí.
El introito de la misa del domingo primero de Adviento es una de las obras maestras del canto gregoriano. Toma un versículo del salmo 24: A ti levanto mi alma, Dios mío, y construye una melodía sobriamente adornada, que expresa el anhelo de la entera creación por la venida del Señor.
Ad te levavi animam meam: Deus meus, in te confido, non erubescam: neque irrideant me inimici mei: etenim universi, qui te exspectant, non confundentur.
A ti levanto mi alma, Dios mío, en ti confío, ¡no sea confundido, no triunfen de mí mis enemigos! No hay confusión para el que espera en ti. Muéstrame tus caminos, Señor, enséñame tus sendas.
En la Solemnidad de la Ascensión, escuchamos el Ofertorio Viri Galilei.
Viri Galilaei, quid admiramini aspicientes in caelum? Hic Iesus qui assumptus est a vobis in caelum, sic veniet. Quemadmodum vidistis eum ascendentem in caelum.
SGalileos, ¿de qué os admiráis? Este mismo Jesús que os ha sido llevado al cielo, volverá, del mismo modo que lo veis ascender al cielo.
En el canto gregoriano se llama centón a una melodía ya existente, que se aplica a un determinado texto, con lo cual se obtiene una nueva pieza. Es un recurso muy utilizado a lo largo de los siglos. Un buen ejemplo es la antífona Aleluya que hoy presentamos. La melodía de la antífona es sobradamente conocida, pero se aplica a un texto que solo dice nueve veces Aleluya. Se trata de una alabanza trinitaria, basada en el triple simbolismo del número tres, con la viveza propia del octavo modo gregoriano.
Después de la antífona, escuchamos el canto del Nunc dimittis (Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz), del Oficio de Completas, con la antífona Salva nos, Domine (Sálvanos, Señor). Los interpretes son los mismos que nos han deseado estos días el Pax Vobis a todos los orantes de este Oratorio Monástico.
Para el Jueves de la Octava de Pascua nos propone la liturgia un fragmento del Evangelio de san Lucas, en el que se nos narra la aparición de Jesús al grupo de los discípulos. El mensaje de Jesús resucitado coincide con el que san Juan nos transmite en su Evangelio: Pax Vobis, que la paz esté con vosotros. No simplemente se trata del usual saludo judío, sino de un profundo deseo de paz en Dios, que el Señor resucitado nos transmite: la constatación de la paz que brota de su victoria sobre el pecado y sobre la muerte.
Una antífona gregoriana recoge este saludo: Cum esset sero, es decir, el primer día de la semana. Se trata de una antífona del modo primero, de melodía y ritmo muy solemne, que solo tiene un adorno musical en el comentario al saludo Pax vobis. Lo volvemos a escuchar en la versión de los mismos monjes que lo rezaron ayer, en su disco Pax Vobis. Junto a la antífona, el canto del Magnificat nos sirve también de acción de gracias en este nuevo día de la Octava de Pascua.
La liturgia del Miércoles de la Octava de Pascua nos presenta la escena de los Discípulos de Emaús. Hay una antífona gregoriana que canta este momento: Tu solus peregrinus. Es llamativo el hecho de que la palabra latina empleada para nuestro extranjero es "peregrinus", es decir, una categoría jurídica romana que se refería a una serie de personas extranjeras, pero que no estaban desprovistos de derechos, al contrario de los bárbaros. Pero esto dio pie, durante la Edad Media, a representar a Jesús como a cualquiera de los muchos peregrinos que, durante aquellos años, peregrinaban a los principales santuarios cristianos, como podemos ver en el claustro de Silos, o en la imagen del Salterio de St. Alban que acompaña al video.
La antífona está escrita en el primer modo gregoriano. Se trata de una melodía sencilla, y que tiene la brillantez propia de este modo gregoriano. La escuchamos acompañada del Benedictus, el canto evangélico que se canta en Laudes, en una interpretación que no resultará desconocida a quienes conozcan a los monjes de este Oratorio Monástico. Sirva de alabanza en este día de la Octava consagrado a la alabanza del Señor resucitado.
La liturgia del Martes de Pascua nos presenta a María Magdalena, ante la que se aparece el Señor resucitado. Esto nos da pie para referirnos a la secuencia Victimae paschali laudes, que canta la Liturgia latina durante la Octava de Pascua, y cuyo texto parte de este acontecimiento central de los testimonios pascuales. Las secuencias eran himnos, que se cantaban antes del Evangelio del día, y que comentaban poéticamente el misterio celebrado en la liturgia.
La secuencia de Pascua se atribuye a Wipo de Burgundia, monje del siglo XI que fue capellán de Conrado II, pero también se ha adjudicado a Notker Balbulus, Roberto II de Francia y Adán de San Víctor. Diversas composiciones musicales se han preparado a lo largo del tiempo para el texto: hay composiciones renacentistas y barrocas, por ejemplo, de Busnois, Josquin, Lasso, Willaert, Hans Buchner, Palestrina, Byrd, Perosi y Fernando de las Infantas. Existen también algunos himnos luteranos derivados del Victimae Paschali Laudes, como Christ ist erstanden o Christ lag in Todesbanden.
Vamos a escuchar una versión muy festiva con introducción y acompañamiento del gran órgano de Notre Dame de Paris, interpretado por Philippe Lefebvre.
Victimae paschali laudes
immolent Christiani.
Agnus redemit oves:
Christus innocens Patri
reconciliavit peccatores.
Mors et vita duello
conflixere mirando:
dux vitae mortuus,
regnat vivus.
Dic nobis Maria,
quid vidisti in via?
Sepulcrum Christi viventis,
et gloriam vidi resurgentis:
Angelicos testes,
sudarium, et vestes.
Surrexit Christus spes mea:
praecedet suos in Galilaeam.
Scimus Christum surrexisse
a mortuis vere:
Tu nobis, victor Rex, miserere.
A la Víctima pascual
ofrezcan alabanzas los cristianos.
El Cordero redimió a las ovejas:
Cristo inocente
reconcilió a los pecadores con el Padre.
La muerte y la Vida se enfrentaron
en lucha singular.
El dueño de la Vida, que había muerto,
reina vivo.
Dinos, María, qué has visto en el camino? Vi el sepulcro de Cristo viviente
y la gloria del que resucitó,
a unos ángeles,
el sudario y los vestidos.
Resucitó Cristo, mi esperanza;
precederá en Galilea a los suyos
Sabemos que Cristo verdaderamente resucitó de entre los muertos.
Junto a los Improperios Mayores, canta la liturgia romana los llamados improperios menores, que nos ayudan este Sábado Santo a expresar el arrepentimiento ante Cristo muerto.
Popule meus, quid feci tibi?
Aut in quo contristavi te? Responde mihi. Ego propter te flagellavi Egyptum cum primogenitis suis: et tu me flagellatum tradidisti. Ego te eduxi de Aegypto, demerso Pharaone in mare Rubrum: et tu me tradidisti principibus sacerdotum. Ego ante te aperui mare: et tu aperuisti lancea latus meum. Ego ante te praeivi in columna nubis: et tu me duxisti ad praetorium Pilati. Ego te pavi manna per desertum: et tu me cecidisti alapis et flagellis. Ego te potavi aqua salutis de petra: et tu me potasti felle et aceto. Ego te exaltavi magna virtute: et tu me suspendisti in patibulo crucis. Ego propter te Chananaeorum reges percussi: et tu percussisti arundine caput meum. Ego dedi tibi sceptrum regale: et tu dedisti capiti meo spineam coronam.
Oh pueblo mío, ¿qué te he hecho?
¿en qué te he entristecido? Respóndeme. Por ti yo azoté a Egipto y a sus primogénitos; tú me azotaste y me entregaste. Yo te saqué de Egipto, sumergiendo al Faraón en el mar Rojo; tú me entregaste a los sumos sacerdotes. Yo abrí el mar delante de ti; tú, con la lanza, abriste mi costado. Yo te guiaba con una columna de nubes; tu me guiaste al pretorio de Pilato. Yo te sustenté con maná en el desierto; tú me abofeteaste y me azotaste. Yo te di a beber el agua salvadora, que brotó de la peña; tú me diste a beber vinagre y hiel. Yo te levanté con gran poder; tú me colgaste del patíbulo de la Cruz Por ti herí a los reyes cananeos; tú me heriste la cabeza con la caña. Yo te di un cetro real; tú me pusiste una corona de espinas.