La cuarta antífona O de las Ferias Mayores de Adviento invoca al Señor como llave da David. Parte de varios textos de Isaías: «Pondré la llave de la casa de David sobre su hombro; abrirá, y nadie cerrará, cerrará, y nadie abrirá.» (Isaías, 22:22); y «Grande es su señorío y la paz no tendrá fin sobre el trono de David y sobre su reino, para restaurarlo y consolidarlo por la equidad y la justicia, desde ahora y hasta siempre, el celo del Señor de los Ejércitos hará eso.» (Isaías, 9:6). Cristo aparece como libertador, y su nacimiento nos libera de la esclavitud que nos encierra en las tinieblas.
O Clavis David, et sceptrum domus Israel; qui aperis, et nemo claudit; claudis, et nemo aperit: veni, et educ vinctum de domo carceris, sedentem in tenebris, et umbra mortis.
Oh Llave de David y Cetro de la casa de Israel; que abres y nadie puede cerrar; cierras y nadie puede abrir: ven y libra a los cautivos que viven en tinieblas y en sombra de muerte.
La tercera antífona O de las Ferias Mayores de Adviento invoca al Señor como renuevo del tronco de Jesé. Se refiere a la realeza del Mesías, salvador no sólo de Israel sino de todas las naciones, cuya venida suplica con insistencia la Iglesia en los días previos a la Navidad.
O Radix Iesse, qui stas in signum populorum, super quem continebunt reges os suum, quem gentes deprecabuntur: veni ad liberandum nos, iam noli tardare.
Oh Renuevo del tronco de Jesé, que te alzas como un signo para los pueblos, ante quien los reyes enmudecen y cuyo auxilio imploran las naciones, ven a librarnos, no tardes más.
Se desconoce el origen exacto de las antífonas O de Adviento. Boecio (480–524/5) hace una breve referencia a ellas, sugiriendo de este modo su existencia en su época. En la Abadía benedictina de san Benito, en Fleury (cerca de Orleans), recitaban estas antífonas el abad y otros superiores de la abadía en rango descendente, y luego se entregaba un obsequio a cada miembro de la comunidad. Ya en el siglo VIII se utilizan en las celebraciones litúrgicas en Roma. El uso de las antífonas de Adviento en los monasterios era tan frecuente que expresiones como «no olvides las O» y «las grandes antífonas de Adviento» formaban parte del habla común. De este modo, podemos concluir que de alguna manera las antífonas de Adviento han sido parte de la tradición litúrgica desde los primeros tiempos de la Iglesia.
Los monjes benedictinos disponían estas antífonas con un propósito definido. Si se empieza por el último título y se toma la primera letra de cada una —Emmanuel, Rex, Oriens, Clavis, Radix, Adonai, Sapientia— se forman las palabras latinas "ero cras", que significan «Mañana vendré». Así Jesús, para cuya venida se han preparado los cristianos durante el Adviento y a quien se dirigen con estos siete títulos mesiánicos, les habla ahora: «Mañana vendré». De este modo, las antífonas de Adviento no sólo infunden intensidad a la preparación del Adviento, sino que lo conducen hacia su alegre fin.
La primera antífona invoca a Cristo como Divina Sabiduría. El Mesías «[...] [brotó] de los labios del Altísimo», lo que resulta muy significativo a la luz de la doctrina del primer capítulo del Evangelio según San Juan, según el cual Jesucristo, el Mesías, es el verbo encarnado de Dios Padre.
Escuhamos la antífona interpretada por el coro de monjes de la Abadía norteamericana de Saint Menrad.
O Sapientia, quae ex ore Altissimi prodiisti, attingens a fine usque ad finem, fortiter suaviterque disponens omnia: veni ad docendum nos viam prudentiae.
Oh, Sabiduría, que brotaste de los labios del Altísimo, abarcando del uno al otro confín, y ordenándolo todo con firmeza y suavidad: ven y muéstranos el camino de la salvación.
En honor de Nuestra Señora, la Virgen de Guadalupe, escuchamos hoy la antífona mariana del tiempo de Adviento Alma Redemptoris Mater, en el tono sencillo, cantada por los monjes de Silos.
Alma redemptoris Mater, qui pervia caeli porta manes et stella maris, sucurre candenti surgere qui curat populo. Tu quae genuisti natura mirante tuum sanctum genitorem, Virgo prius ac posterius, Gabrielis ab ore sumens illud ave, peccatorum miserere.
Madre Santa del Redentor, puerta siempre abierta del cielo, estrella del mar, socorre al pueblo que cae y procura levantarse. Tú que ante el asombro de la naturaleza engendraste a tu Santo Creador, Virgen antes y después de haber recibido de la boca de Gabriel aquel Ave, ten piedad de los pecadores.
Tota pulchra es es una antigua oración católica escrita presumiblemente en el siglo IV. Es una de las cinco antífonas para los salmos de las segundas vísperas de la festividad de la Inmaculada Concepción (8 de diciembre). El texto está tomado en parte del libro de Judit y en parte del Cantar de los Cantares. Esta oración ha servido como inspiración para muchos compositores a lo largo de los siglos, entre los que se puede citar por ejemplo Robert Schumann, Anton Bruckner, Pablo Casals, Maurice Duruflé, o James MacMillan.
Maurice Duruflé (Louviers (Eure), 11 de enero de 1902 — Louveciennes, 16 de junio de 1986), fue un organista y compositor francés. Escuchamos su versión del Tota pulchra es.
Tota pulchra es, María, et macula originalis non est in te. Tu gloria Jerusalem, tu laetitia Israel, tu honorificentia populi nostri, tu advocata peccatorum. ¡Oh! María, virgo prudentissima, mater clementissima, Ora pro nobis, intercede pro nobis ad Dominum Jesu Christum.
Toda hermosa eres, María y en ti no hay pecado original. Tú eres la gloria de Jerusalén, tú eres la alegría de Israel, tú eres el honor de nuestro pueblo y la abogada de los pecadores. Oh María, virgen prudentísima, madre clementísima. Ruega por nosotros, intercede por nosotros ante Cristo nuestro Señor.